La Pequeña -2-
Esos tres días y noches, fueron tanto reveladores como confusos. Fueron días llenos de soledad, y egoísmo. Y parte de mi sobriedad se la debía al haber tenido coito con aquella pura señorita. Pero tampoco podía ignorar el haber perdido cierto respeto y admiración por ella.
Caí en un profundo sueño. La luna en menguante me sumergió en ese estado mental necesario para recapacitar. Los ruidos, gritos y las sensaciones típicas de la vida se volvieron placenteras y de manera inexplicable se me antojaron lejanas, distantes.
Un extraño sueño me despertó, haciéndome estremecer en sudor frío y locura ardiente. Un tanto incomodado me incorporé al ver al pequeño lobo dirigirse hacia nosotros.
Su aspecto grisáceo pálido, su insaciable jadeo, y su profundo respirar, me erizaron la piel. Sus ojos profundos en un color amarillo verdoso, un color irritante y morboso. Volteé a ver a la pequeña, pero la dama yacía tranquilamente a un costado mío. El lobo se aproximó vigorosamente y a pesar de mis esfuerzos por alejarlo, me ignoró. Pasó justo de lado y siguió su trayectoria.
Sin darme cuenta nuevamente me sumergí en un profundo sueño, ignorando así el temor que me sacudió. Desperté y la vi acurrucada a mi lado como lo que ella representaba, la joven pubertad. Mi experiencia me permitió darme cuenta, que no era controlable lo que sucedió la tarde pasada y mis ideas se quedaron vagando en un espacio que se vio reducido con sus ligeras palabras.
-Así que al fin despiertas. Me preguntaba que haríamos esta mañana. ¿Por cierto, a donde nos dirigimos?
-Si, tuve una larga noche. Me dirijo al oeste, como habrás podido notar ayer. Y tendré que apresurar mi paso, ya que he perdido una noche.
Su cara me conmovió solo un momento, la vi desprotegida, tierna, sola. Solo entonces comprendí la gravedad de mi acción. ¿Cómo podría imaginarme que era una flor de la naturaleza que apenas brotaría de su extraño furor? Tal vez pudo ser fácil, pero mi conciencia se quebraba, y caía cada parte a sus pies. Esos filosos sonidos que salieron de su delicada boca, terminaron por destruir todo la fe que tenía en alejarme de ella.
-Creí que lo que había pasado entre nosotros era importante. Te creí sincero. Me entregue a ti…
Su comentario, un tanto arrogante y manipulador pero, la verdad, es que ella no se me entregó, yo la tomé. Ella no me sedujo, yo la forcé. Su llanto no era de amor, sino de coraje por su recién ruptura. Recogí lo que quedaba de ropas suyas y se las entregue. Eran una burla al lindo vestido de la tarde pasada.
-Lo siento, pero tengo que partir. Te dejo mi chaleco, espero y te sirva de algo.
Con su cara llena de llanto lo tomó, y me mostró una cara de completa desaprobación, odio, y burla. Contemplé cada uno de sus ademanes, en verdad me seguía cautivando, pero no podía llevarla a donde yo, ya que no iba a ningún lado. Solo rogaba porque su egoísmo y ambición no me produjeran un pesar.
Levantó lentamente su esbelto cuerpo, algunas marcas morbosas hicieron que me percatara de la lujuria que me había poseído. Sus piernas temblorosas se incorporaron, comenzó a caminar y sin dirigirme la palabra, recorrió una gran cantidad de distancia en tan solo minutos con dirección al oeste. Ella venía en esa dirección. Sus andares se me hicieron extraños, corruptos, errantes y mi curiosidad cayó a sus pies.
-¿A quien buscabas ayer? ¿Por qué estas molesta? Necesito que me respondas.
Error, me importaba demasiado lo que ella hiciera, esa pequeña dama educada, de bellos cabellos y finas posturas. Pareciere que había cedido su parte más pura a algo posesivo, diabólico. Ajeno a mi pensamiento, acreedor de mi sufrimiento...
-kdr
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