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junio 23, 2011

La Pequeña -1-

La Pequeña 
-1-

Un día recorriendo una vereda, vi a lo lejos, una persona caminando.
Su andar era sutil, y sigiloso. Me conmovió la delicadeza de su armonioso ser.
Pareciera que quien puso tanto empeño en esa pequeña, terminó por olvidarse de si mismo.

Seguí caminando hasta acercarme a ella. Logré ver su hermosa cara, inocente.
Su cuerpo esbelto, puro. Sus ropas impecables, ajustadas. Su cabello pulcro, perfecto
Era demasiado linda, sensual. Me deje guiar por mi inescrupuloso cuerpo, y me dirigí hacia ella.

-Hola pequeña dama, ¿Que hace usted sola por estos andares?
-Discúlpeme usted, pero busco a una persona.

La decencia de sus palabras me produjeron un escalofrío en mi entrepierna, y ella lo notó al decirme con cierto tono de disgusto y morbo.

-¿Acaso usted sabe donde se encuentra?
-Lógicamente señorita,  no podría saberlo. A pesar de haber recorrido toda la mañana este lugar sin haber visto a nadie. Y me corrompe una seria necesidad por saber a quien desea encontrar.
-Es curioso, a mi me pasa lo mismo. Y está oscureciendo…
-¿Que es ‘lo mismo’? Sí, al parecer la noche está aproximándose, y usted no debería encontrarse tan sola. Ciertas cosas indebidas podrían sucederle a alguien como usted. ¿Vive cerca de aquí?

Una mirada de desaprobación salió de sus hermosos ojos avellana, y su pequeña santa mano, alcanzó a rozar lo que se había convertido en una protuberancia insaciable que me incitaba a domar a aquella damisela. Sus palabras lograron confundirme por unos instantes.

-Disculpe señor, pero no me puedo permitir decírselo.

Se ofreció a acompañarme hasta donde tenía que ir. Su excusa, encontrar a esa persona por el camino que ya había transitado. Mi mente se nubló al ver la negrura del cielo acariciando sus cabellos almendrados.

Mis brazos la rodearon de una manera galante, y sus delicadas manos se sumergieron en mi rincón oscuro. Desgarré sus ropas, sí, aquellas impecables y ajustadas. Mordí con lujuria sus deliciosos pechos, aquellos que el Señor había mandado especialmente para mí. Mis manos duras de tanto trabajar, se hundieron en su pequeña abertura, y pude sentir un palpitar dentro de ella. Su cara sonrojada comenzó a producir ciertos gritos de dolor. Mi excitación llego al borde, y tres de mis dedos contuvieron por un momento el dolor de esta jugosa pequeña.

-¡Oh, que maravillosa voz tiene mi querida dama!

No pude evitar introducirme en ella, y al sentir su delicado cuello oprimirme fuertemente, me convertí en un sádico. Hambriento de su pálida piel, hambriento de ella; me hundí una y otra vez, hasta que mi mórbida curiosidad desapareciera. Sus gritos de agonía se mezclaban con mi placer. Aquella dama joven fue desflorada y por sus pequeños pétalos corría un delicioso elixir del color de la luna. Sus piernas perfectas, del color del mármol, embonaban con sensualidad mis caderas. Su dolor se convirtió en necesidad carnal.

Se incorporó de una manera brusca, y la sujete fuertemente, su saliva templada recorrió cada parte de la piel en mi pecho. Bajó por mi abdomen, y me obligó a soltar una de sus manos, la sujete con fuerza dudando de su bondad y continuo su excursión hasta el más profundo de mis deseos. Su lengua comenzó a jugar conmigo, y la humedad de su pequeña boca me erizaba cada vez más. Todos mis deseos se desahogaron de la manera más salada y natural posible. El intercambio estaba hecho.

Me dormí a su lado, y sin dirigir palabra alguna, la noche llegó, y todo permaneció en silencio.

De esa manera inhóspita, vi como un pequeño lobo se dirigía corriendo… Apresurado en su andar, nos ignoró a mi y a la pequeña damita.

Así, continuamos nuestra búsqueda por ese camino durante tres días y tres noches.
Y solo entonces, comprendí lo que en realidad éramos…

-kdr

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