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julio 04, 2011

¡Oh Soledad...!

¡Oh Soledad…!


La soledad se sentó en silencio, en aquella mesa preparada para dos.
Su ser se envolvió en paciencia, pero su velo fue rasgado por el miedo y la inconsistencia.
Sus dudas llenaron los platos de aquella mesa, y las copas desbordaron alegría e inocencia.
Contemplando la ventana, vio el destello de luz. Aquél que la dejó ciega.

Oh pobre de mi soledad, ¿Quién ha osado entrar en tus aposentos?’

La luz cesó, pero sus finas ropas recién hechas fueron arrancadas con lo prohibido.
Quedando desnuda, se levanto de aquella vieja silla, que por tantos años la sostuvo fervientemente.
La morosidad de su acompañante la cubrió ahora de impaciencia, tratando de volverse inmune al despojo.

Oh cuan grata soledad, ¿De quien te has vuelto incauta?

Aquella soledad, caminó en su alcoba día, noche, ausente y presente; tan solo dirigiéndose al susurro de su amargo corazón.
Secando sus prendas sinceras y quejumbrosas, de su carácter melindroso, se regocijó al sentir aquella luz.

Oh soledad, ¿Qué has hecho, en quién te has convertido?

Su calidad comenzó a desvanecer, en tragos de sinceridad, dolor, pesadez. Ese ligero y apremiante corazón, amargó.

Oh, pequeña soledad, ¿En qué sirvió esa luz tan áspera y vehemente que se fugó en tus ojos, rasgó tus vestidos, y amargó tu corazón?

-kdr

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